lunes, 25 de mayo de 2009

El discreto viaje del profesor Franco


Es verdad, nunca fue mi profesor, aunque yo cursé dos semestres en el Pedagógico antes de que la nostalgia por un amor perdido me hiciera salir en volandas de Maracay. Es verdad que no fue mi mentor, sólo porque soy un poquito más viejo que ustedes, y porque en Caracas –aterrado de los fantasmas de Maracay que me perseguían en las noches bohemias de de Sabana Grande- otros como Oswaldo Trejo y Alberto Guaura asumieron con estoicismo esa loca y apostólica tarea de ayudar a labrar esta tosca alma mía a partir de la palabra escrita, a ver si corrigiendo la verba corregían el ánima, como si entre ambas categorías existiese una secreta ley de equivalencia. Todo eso es verdad, pero fue un simple accidente generacional. Igual Franco era gentil con todos nosotros cuando nos juntábamos en la puerta del Ateneo a conversar sobre Fellini o cuando finalmente aceptaba el ritual colectivo de las birras helodias en medio de aquella canícula que parecía no tener fin. No lo recuerdo fuera de sus cabales, como decía Alberto, no lo recuerdo despotricando de nadie, como podíamos hacer nosotros cual si fuésemos furias literarias. Sólo se me viene a la mano la palabra decoro para describir a Franco. Era un caballero algo solitario, discreto, que dedicó su vida a los libros como en el fondo hubiéramos querido todos hacer, aunque no tuvimos el coraje suficiente y luego tantos desvíos egoístas y materiales nos han retorcido entre breñas y callejuelas periféricas apartándonos a veces de nuestro más grande amor que siempre han sido los libros, valga la redundancia. Tuvo entonces Franco el valor y la sabiduría de admitir que sólo podía vivir para los libros, por los libros, en los libros y de los libros, y así se evitó tanto extravío que a nosotros –al menos yo lo reconozco en mi caso- nos han enceguecido temporalmente, largamente, por breves instantes, eso varía, y nos han apartado de nuestra misión ejemplar, que es seguir la vieja labor de los escribas, de los copista, no importa que ahora en vez de papiro o pergamino usemos un teclado, y que la soledad de las altas bóvedas monacales haya sido sustituida por la soledad ante la computadora, viajando en las noches por un nuevo y extraño mundo poblado de las sombras de otros viajeros simultáneos a nosotros en todo el orbe, hasta que el alba nos regresa a los deberes esos que nuevamente nos distraen de nuestra ejemplar labor.
Franco se ha ideo con la discreción y el decoro que le caracterizaron. No sé cómo viajar en las noches para saludar al profesor Franco doquiera que esté. Sé que llegará una noche en que deberé emprender el mismo viaje. Ojalá mis amigos me recuerden con el mismo fervor con que hoy le recordamos.
Oscar Reyes Matute, en Caracas el 24 de Mayo de 2009

1 comentario:

Unknown dijo...

Me enteré tarde, muy tarde que el profesor Franco se me fue...



Era el apoderado de los espacios sombríos... de los rincones con libros amontonados... de las filas de espectadores para ver una buena película o una obra teatral

La última vez que nos vimos me regañaste porq había adelgazado mucho... y volví a engordar

Recuerdo un papagayo de colores que tenía en la sala de su apartamento...

Rubén Darío Gil